Cuatro décadas son, según la Biblia, el tiempo que dura una generación. El número cuarenta no es sólo la suma de unidades que se van añadiendo cada doce meses, sino que, en su totalidad, indica que se ha alcanzado una cima, que se ha logrado la madurez, que el proyecto vital se ha consumado y que se ha perfeccionado aquello que se encontraba “in fieri”, en proceso, en búsqueda de la plenitud.
No significa esto que la Historia haya llegado a su final, sino que ha concluido una etapa y que, en la que se inicia después de la de la primera y laboriosa andadura de autodefinición, de construcción y de estabilización, en la que se han cosechado no pocos éxitos, será preciso, en la segunda, concebir nuevas metas, reclutar a personas jóvenes y trazar los métodos que mejor convengan a lo que exigen los tiempos.
El grupo Prensa Ibérica cumple cuarenta y cinco años de existencia. Ha traspuesto, pues, el umbral del cuadragésimo de su primera etapa vital y se ha adentrado en una segunda y nueva, incoada en estos cinco últimos años, que son, por decirlo siguiendo la idea que la Biblia tiene de la sucesión de las generaciones, los de un hoy que es en realidad un momento de inflexión entre el ayer y el mañana.
Mas los responsables de Prensa ibérica saben bien que no se trata de realizar adaptaciones coyunturales, de mejoras puntuales o de modernización instrumental, sino que lo que tienen ante sí es la fisura cultural e intergeneracional de enormes dimensiones que singulariza a nuestro tiempo, la cual es descrita como un fenómeno absolutamente único, nunca antes acaecido en la historia de la humanidad.
Hay que dejarse tranquilizar, con todo, por el sereno qohélet, como el de la Biblia, que, de vez en cuando, en alguna parte, aquí y allá, alza su voz para recordarnos que, aunque todo lo que está aconteciendo aparezca como un “novum” insólito, inusitado e inabordable, no hay que sucumbir temerosos ante las emergentes incertidumbres: «Lo que pasó volverá a ocurrir: nada hay nuevo bajo el sol. De algunas cosas se dice: “Mira, esto es nuevo”. Sin embargo, ya sucedió en otros tiempos, mucho antes de nosotros» (Eclesiastés 1,9-10).
En efecto, hay que desdramatizar. Cuando se fundó Prensa ibérica en 1978 se debatía si el nombre y la realidad de la Iglesia católica debía figurar en la Constitución española o no. Algunos tal vez pensaron que era una entidad ya sin significación y sin proyección de futuro. Mas prevaleció el sentido común y fue incluida. En el artículo 16.
Desde entonces, al igual que ya sucedía con anterioridad, no hay día en el que la luz de la Iglesia no brille en los medios de comunicación social con el fulgor de la belleza de su historia y de su mensaje, mostrando lo importante, esencial y capilar que es su presencia y su actividad en la vida pública de nuestro país.
Y esto gracias, en gran medida, a los periódicos de Prensa ibérica, que fungen de correa de transmisión entre el quehacer de la Iglesia en todos y cada uno de los pueblos de España y los miles de lectores de los diarios del Grupo. Allí, en cualquier lugar de nuestra geografía en el que haya una realidad eclesial, están siempre sus profesionales para informar de cuanto compone el día a día de la vida de la Iglesia en aldeas, villas y ciudades: obras en templos, fiestas, cofradías, cáritas, cursillos, campamentos, coros, campañas o exposiciones artísticas, por citar sólo algunas de las más representativas de las infinitas realidades que existen en las diócesis.
Sí, es éste ciertamente un tiempo de inflexión entre un ayer y un mañana, para todos, también para los medios de comunicación social y para la Iglesia, pero no de una preocupante, sino, como acreditan sus respectivas andaduras, de una apasionante y esperanzada inflexión.
Jorge Juan Fernández Sangrador
Número especial con motivo de 45.º aniversario del grupo Prensa Ibérica, 6 de diciembre de 2023, página 289
