Hélène Carrère d’Encausse: «En paix»

«Nuestra madre superiora», le llamaba uno de los miembros de la Academia francesa. Y no está mal dicho, pues las academias suelen tener algo de convento. Hélène Carrère d´Encausse era de una firmeza inquebrantable defendiendo la Lengua francesa frente a las novedades, estuvieran o no bien fundadas, que pretenden adaptar el idioma a las emergentes circunstancias sociales.

No procedía del mundo de la Filología, sino del de la Historia y las Ciencias Políticas, y fueron sus escritos sobre Rusia, además de su importante trayectoria profesional, los que la condujeron al sillón 14º de la Academia francesa en 1990 y a la Secretaría perpetua de esa institución desde 1999 hasta 2023.

Su autoridad era indiscutible. Es probable que en esa fortaleza de carácter haya tenido mucho que ver su condición de hija de inmigrantes que vivieron, al llegar a Francia desde la Unión Soviética, en unas condiciones de precariedad económica próxima a la pobreza.

Era ortodoxa, pero mantenía muy buena relación con los representantes de la Iglesia católica y su trato con los académicos eclesiásticos era sumamente cordial. Fue la que recibió al cardenal Lustiger en la Academia. También apreciaba enormemente al párroco de Saint-Germain-des-Prés.

Es costumbre en la Academia francesa hacer elogios de sus miembros difuntos en la iglesia parisina de Saint-Germain-des-Prés. Algunos los pronunció ella misma en razón de su cargo de Secretario perpetuo de la Academia. Sin embargo, el vínculo que la unía a esa parroquia era el de ser la Presidente del Comité para la salvaguarda de Saint-Germain-des-Prés.

Hélène respondió inmediata y afirmativamente al llamamiento que el párroco de Saint-Germain, Benoist de Sinety, dirigió a la sociedad parisina para que colaborase económicamente en la restauración del templo. Y, aunque no era católica, acudió a la convocatoria porque amaba el arte religioso y porque supuso que, para éste, no se iban a encontrar mecenas, al igual que tampoco los hay para la Academia ni para la Lengua francesa, por mucho que se hable del amor de Francia a su idioma.

Si hubiera sido una causa humanitaria llamativa, habrían aparecido seguramente financiadores, que posarían para la prensa y para la televisión en el momento de hacer entrega del donativo o en el acto de inauguración. Pero ¿dar dinero para la Academia? ¿para la Lengua? ¿para la Iglesia? Para éstas, nada. Por eso se entregó a trabajar en favor de ellas con la determinación que la caracterizaba.

«Una sociedad entera se unió para levantar los lugares de culto. A veces, durante varias generaciones. Cuando entro en esos santuarios percibo el formidable impulso colectivo y espiritual que viene de siglos», declaró en una entrevista con motivo de la aceptación de su madrinazgo para el Gran Premio Peregrino de Patrimonio.

Hélène, nada más ingresar en una clínica de cuidados paliativos, en el tramo final de su vida, llamó por teléfono al sacerdote Benoist de Sinety para comunicarle que se moría: «Je suis en paix», le dijo. Fue él quien presidió la ceremonia religiosa de despedida de Hélène en Saint-Germain-des-Prés, en la que intervino también un sacerdote ortodoxo, dado que ella pertenecía a la Ortodoxia.

En la despedida institucional que la Academia le ofreció en esa misma iglesia tras su fallecimiento, el escritor y crítico literario y cinematográfico Frédéric Vitoux, que fue quien le hizo el elogio fúnebre, recordó una frase de Joseph Joubert que expresa muy bien cómo era el temple luchador y nada quejumbroso de Hélène Carrère d’Encausse y que no nos vendrá mal evocarla en alguna que otra ocasión: «Es indigno de grandes almas compartir los tormentos que experimentan».

Descanse ya en la paz que Dios le concedió sentir como primicia antes de llamarla a gozar por siempre de su presencia.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, martes 17 de octubre de 2023, p. 34