El discurso parlamentario español más recordado es el de Emilio Castelar, quien, en 1869, habló así desde la tribuna: «Grande es Dios en el Sinaí; el trueno le precede, el rayo le acompaña, la luz le envuelve, la tierra tiembla, los montes se desgajan; pero hay un Dios más grande, más grande todavía, que no es el majestuoso Dios del Sinaí, sino el humilde Dios del Calvario, clavado en una cruz, herido, yerto, coronado de espinas, con la hiel en los labios y, sin embargo, diciendo: “¡Padre mío, perdónalos, perdona a mis verdugos, perdona a mis perseguidores, porque no saben lo que se hacen!”»
En efecto, Dios se manifestó en el Sinaí, en la Naturaleza y en el Templo entre temblores, estruendo y con todo el aparato del que habla el Antiguo Testamento. Pero también el Calvario, hendido por la cruz del humilde Redentor, tremó cuando se agitó la tierra en la tarde de su muerte.
Lo cuenta el evangelista san Mateo: «La tierra tembló, las rocas se resquebrajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que él resucitó, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a muchos. El centurión y sus hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados: “Verdaderamente este era Hijo de Dios”».
Quien visite actualmente la iglesia del Santo Sepulcro, en Jerusalén, nada más traspasar el umbral, a la derecha, verá que, en la base de la roca del Calvario, apreciable tras un cristal, hay una resquebrajadura que se cree que fue producida por un intenso seísmo. El mismo Jesús anunció que habría «grandes terremotos y, en diversos países, hambres y pestes».
Y cuando, en la mañana de Pascua, María Magdalena y la otra María fueron al sepulcro de Jesús «tembló fuertemente la tierra». De igual modo, estando el apóstol san Pablo prisionero en Filipos, hubo «un terremoto tan violento que temblaron los cimientos de la cárcel».
Sin embargo, el gran terremoto del que tenemos pormenorizadas noticias fue el que asoló Antioquía del Orontes en tiempos de Trajano. En el año 115. Ya había allí por entonces «cristianos», pues era así como los antioquenos llamaron desde su primera llegada a la ciudad a los seguidores de Cristo y fue allí en donde se acuñó el término que habría de universalizarse y dar nombre al cristianismo. Poco antes del terremoto había sido detenido el obispo de la ciudad, Ignacio, y llevado a Roma para dar testimonio de Cristo. Las cartas que escribió durante el viaje son de lo mejor de la literatura cristiana primitiva.
Aquel terremoto fue terrible. En la “Historia romana” de Dion Casio puede leerse el relato de lo acaecido: «Llegó, en primer lugar, de repente, un gran estruendo, al que siguió un tremendo temblor. Toda la tierra se levantó, y con ella se elevaron los edificios por los aires; algunos fueron desplazados solo para colapsar y romperse en pedazos, mientras otros fueron agitados de un lado para otro, como si estuviesen en medio del mar, y volcaron, extendiéndose los restos sobre una gran superficie, incluso en campo abierto».
Y prosigue: «El crujido de maderas que se quebraban, unido a las tejas y piedras que se rompían, resultó completamente aterrador; y se levantó una increíble cantidad de polvo, de forma que resultaba imposible que nadie viese nada, ni producir u oír una palabra. En cuanto a la gente, incluso muchos que estaban fuera de las casas resultaron heridos, siendo arrebatados y arrojados violentamente a tierra como si cayeran de un acantilado. Hasta hubo algunos casos de árboles arrojados por los aires, incluso con sus raíces».
No se sabe cuántos fueron los que murieron, golpeados en el cráneo por elementos de los edificios o sepultados bajo los escombros; muchos de los supervivientes quedaron mutilados de brazos o piernas. Mas también en aquella ocasión, al igual que en estos días de temblores, personas que deseaban salvar a las que pudieran estar aún con vida bajo las casas derruidas, encontraron a una mujer que sobrevivió alimentándose de su propia leche, a la vez que nutría con ella a su hijo.
Y un bebé, que yacía junto a su madre muerta, logró, mamando de sus pechos, no perecer. Son los milagros de ayer; los mismos de los que hablan los equipos de rescate de hoy, porque, cuando ya parece que no hay nada que hacer, un indicio de vida reclama que no cesen o se reemprendan las operaciones de búsqueda.
Y lo más sorprendente que hemos visto a través de la televisión, en este período de terremotos y réplicas en Turquía y Siria, es cómo, después de haber estado varios días sepultados bajo el peso de moles de cemento, arreglándoselas como podían para no sucumbir ante la angustia, el frío, el hambre y la sed, tanto niños como adultos, con unos ojos grandes y expresivos, y con un semblante de serenidad que para mí quisiera yo, nada más ser devueltos al exterior obsequiaban a sus salvadores y a cuantos los rodeaban con la más amplia, limpia y luminosa de las sonrisas.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 19 de febrero de 2023, pp. 24-25

Resquebrajadura en la roca del Calvario. Se dice que la produjo un seísmo