A quien le guste Piranesi, encontrará un interesante libro multimedia en el siguiente enlace: https://www.piranesimultimediale.it/

Y aquí lo que escribí acerca de Piranesi en La Nueva España:
Piranesi en la Biblioteca Nacional
“Madrid, en agosto, con dinero y sin familia, Baden-Baden” es una sentencia que se atribuye al político y académico Francisco Silvela (1843-1905). Y, en estos días de calor canicular, si se visita la magnífica exposición de aguafuertes de Giovanni Battista Piranesi (1720-1778) en la Biblioteca Nacional de España, se puede reemplazar Baden-Baden por Roma, ya que, al deambular por las salas en las que se exhiben le vedute, el espectador siente que flanea realmente entre los templos, las iglesias y los palacios de la Ciudad Eterna que el arquitecto, grabador y teórico, natural de Mogliano Veneto, contempló y recreó.
En la muestra pueden verse casi trescientas estampas de Piranesi, que pertenecen en su mayoría a las series “Vedute di Roma”, “Le Carceri d´invenzione”, “Opere Varie”, “Il Campo Marzio dell’Antica Roma” y “Raccolta di alcuni disegni del Barberi da Cento detto Il Guercino”, junto con trabajos de Paladio, Dupérac, Juvarra, Fischer von Erlach, Vasi, Tiepolo y Canaletto.
Quien haya recibido el inapreciable don de saber viajar y elevarse hacia lugares lejanos con su imaginación dentro de los muros de una biblioteca podrá ejercitarse en él, y sin el menor esfuerzo, en la del Paseo de Recoletos de Madrid. Gozará allí de una visión de Roma que puede que no fuera la que experimentó, si es que se le presentó la ocasión, cuando viajó hasta ella la primera vez, buscando hallar por entonces en sus rioni lo que, en cambio, sí le ofrecen las estampas de Piranesi expuestas en la Biblioteca Nacional.
El romero acaso se decidió a emprender aquel viaje iniciático impulsado por la idea que se había formado de la ciudad, que era probablemente la que le instilaron en la mente, sin ser consciente de ello, el arquitecto moglianese y otros dibujantes de los fabulosos espacios, edificios, monumentos y ruinas de la antigua Roma. Y cayó en la cuenta de ello cuando vio, en las plazas Navona y España, o un lungotevere, en los puestos en los que se venden souvenirs, caballetes y bancos con copias de estampas de Piranesi.
Seguramente se trajo una a España, como recuerdo de su estancia en Roma, para que funja de ventana siempre abierta, desde la que se pueda avistar, en la placidez de lo consuetudinario, la inmarcesible hermosura de la Roma rovinata. Las de Piranesi lucen en las paredes de muchas casas curales de España, que sus moradores adquirieron durante el período de ampliación de estudios en alguno de los ateneos romanos o de la peregrinación al sepulcro de los santos apóstoles Pedro y Pablo.
Cuando Robert Louis Stevenson se fue a vivir, en 1891, a Samoa, hizo que le enviaran desde Edimburgo los muebles, la vajilla, los cubiertos, la cerámica, la biblioteca de su casa y los grabados de Piranesi, que el escritor deseaba admirar en su nuevo y último hogar de Vailima. En Asturias, la familia Selgas poseía, dado el amor que sus miembros profesaban a las antigüedades y a la arquitectura griega y romana, una interesante colección de vedute di Roma.
Mientras recorría la exposición de Piranesi se me venía a las mientes la llamada España vaciada, en la que hay casonas e iglesias de notable valor histórico y artístico, cuyos tejados comienzan a venirse abajo por inexistencia de vecindario que las atienda y repare. En otros países de Europa, en cambio, han sabido conservar y exaltar, al estilo de los románticos, la grandeza de las ruinas de algunos edificios. Así, en Gran Bretaña, las catedrales de Coventry y Elgin, o las abadías de Tintern, Rievaulx, Fountains, Glastonbury, Holyrood y Whitby; en Francia, la de Jumièges; en Alemania, la de Heisterbach. Son una muestra de que la hora de la ruina de un edificio no es la última ni constituye necesariamente su trágico final: «Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusalén», invita el profeta Isaías a la ciudad asolada.
En un entorno cuidado, limpio, con césped, senderos bien trazados y bancos para sentarse a leer, mirar o pensar, puede fulgir de distinta manera la bella geometría de una iglesia o de una torre, de un monasterio o de un palacio, en los que el paso del tiempo ha dejado la irreparable cicatriz de su curso imparable, pero no ha logrado arrebatarles la dignidad que les han conferido la historia, el genius loci y, sobre todo, el amor con el que un día fueron levantados por sus constructores.
Y han sido dibujantes como Giambattista Piranesi quienes nos han enseñado a mirar con imaginación, afecto y veneración esa fase en la que desemboca la materia humanizada, para que, en la medida de lo posible, no se cumpla aquel triste destino que le cupo en desgracia a la ciudad de Troya: «Etiam periere ruinae». Perecieron incluso las ruinas.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 25 de agosto de 2019, pp. 28-29