La capilla toledana de la Catedral o cuando los obispos de Oviedo eran condes de Noreña
La historia de tres prelados castellanos, San Ildefonso, Gutierre de Toledo y Díaz Merchán, confluye en el recinto de la seo ovetense, donde desde ayer reposan los restos mortales del emérito de la diócesis
- La Nueva España (18 de junio de 2022), firmado por Francisco García
Recojo el texto del artículo tal como aparece en el periódico:
«Esta es una historia, con algún tinte de leyenda, que reúne a obispos toledanos en torno a la Catedral de Oviedo, y que viene hoy a cuento a resultas del entierro en lugar relevante de la seo capitalina del que fuera arzobispo Gabino Díaz Merchán, nacido en Mora (Toledo), que pudo haber sido conde de Noreña de no haber mediado el Concilio Vaticano II.
Hasta 1954, año en el que la célebre reunión ecuménica prohibió a los miembros de la Iglesia católica el uso de títulos nobiliarios, los titulares de la sede episcopal ovetense disponían de reconocimiento condal. Tal consideración se remonta a los años finales del siglo XIV, cuando un obispo –otro toledano– al frente de la diócesis de Oviedo, Gutierre Gómez de Toledo, miembro del Consejo Real durante el reinado de Juan I y oidor de la Audiencia, defendió los intereses regios frente a las pretensiones del noble local Alfonso Enríquez, contrarias a los intereses de la Corona. Gutierre, lugarteniente y plenipotenciario del rey en Asturias, comandó la derrota del conde de Noreña, que perdió su título en favor del obispo.
Curiosidades de la historia, ayer fue enterrado Díaz Merchán en una capilla de la Catedral bajo la advocación de la Virgen de Covadonga, la cual es todavía más desde ayer la capilla toledana de la sede catedralicia asturiana, como certeramente apuntaba en este periódico Jorge Fernández Sangrador, vicario general de la diócesis.
Será el arzobispo emérito el tercer prelado nativo de esa provincia castellana vinculado a ese pequeño recinto que preside una imagen de la Santina. El primero fue Gutierre; el otro mencionable, padre de la Iglesia, es San Ildefonso,cuya casulla, de procedencia milagrosa, se dice que se encuentra entre las reliquias del principal templo asturiano. Aunque esa prenda, que según la leyenda entregó la Virgen en aparición al santo por su defensa del culto mariano, nunca ha sido hallada.
Pese a la lejanía de los tiempos, muchos detalles se conocen del obispo Gutierre y de la fallida rebelión del conde de Noreña contra su hermano el rey. Reza en su testamento, hecho en Segovia en septiembre de 1387, que fue hijo de Tello Fernández de Toledo y de Mencía Fernández, segundo de doce hermanos de una familia noble de origen mozárabe. Estudió leyes en Salamanca y obtuvo beneficio de las influencias de su tío Gutierre Gómez de Toledo, obispo de Palencia, que lo tuvo de canónigo en esa sede. Capellán mayor de la Reina, en abril de 1377 es nombrado obispo de Oviedo mediante bula papal de Gregorio XI. Bajo su prelatura se creó en la capital helmántica, de viejísima universidad, el Colegio Pan y Carbón, que daba cobijo a estudiantes pobres de Oviedo.
Fue Gutierre, promotor de la obra gótica de la Catedral, quien mandó erigir la capilla primitiva sobre la que se asienta la actual, donde reposan ya los restos mortales de Gabino Díaz Merchán, y que había sido destruida durante la revolución del 34. Y a él se debe la inicial advocación de ese espacio fúnebre al tercer toledano que interviene en este relato, el más antiguo de todos: San Ildefonso.
Cuenta la tradición cristiana que la noche del 18 de diciembre de 665, Ildefonso, acompañado de otros clérigos, entró en la Catedral de Toledo a entonar himnos en honor de la Virgen María.Y que al acceder al templo contemplaron una luz resplandeciente, plena de fulgor. Llenos de temor, algunos huyeron pero no Ildefonso, que se acercó al altar y pudo ver a la Virgen sentada en el sillón obispal, rodeada de ángeles que entonaban cantos celestiales. Según la leyenda, la madre de Dios le dijo: “Tú eres mi capellán y fiel notario. Recibe esta casulla que mi Hijo te envía de su tesorería”. Y le entregó la prenda con la instrucción de solo usarla los festivos designados en conmemoración mariana.
Curiosamente, en memoria de ese milagro se erigió una capilla en el templo primado de Toledo que fundó el rey castellano Enrique II de Trastámara, en el lugar en el que se ubicó una antigua basílica visigótica. En esa capilla de la seo toledana, denominada de la Descensión de la Virgen, donde supuestamente se apareció a San Ildefonso, está enterrado un obispo asturiano, Francisco Álvarez, que lo fue de la capital castellano-manchega, fallecido el pasado enero.
Se sabe que para salvaguardar los restos mortales del santo de la previsible invasión sarracena, se decidió el traslado de las reliquias y de la casulla a un lugar seguro del norte, la región asturiana. Por los motivos que fuera, los restos quedaron en Zamora, en la iglesia que lleva su nombre, situada en el corazón del casco antiguo, en la ruta que desde el Ayuntamiento conduce a la Catedral. Para su custodia se creó la Real Cofradía de los Caballeros Cubicularios, que a día de hoy defiende, a capa que ya no a espada, un legado cuya devolución los toledanos reclaman con vehemencia a la capital del Duero.
Lo que resta de contar, sea realidad o leyenda, culmina así: la casulla llegó a Oviedo y como tal figura en una relación de reliquias de la Catedral. Pero nunca fue encontrada, aunque existen crónicas que relata alguien que aseguró haberla conocido. En el archivo catedralicio de Toledo se conserva una comunicación de finales del siglo XVI en la que el padre jesuita Sebastián Sarmiento reconoce a otro miembro de la Compañía de Jesús, Francisco Portocarrero, haber visto con sus propios ojos la reliquia:
“Se abrió el arca grande que está en el medio de la Cámara Santa con ocasión de la consagración del obispo Pedro Junco de Posada, natural de Llanes (…) Dentro había un cofrecito muy pequeño, como de un palmo muy largo, el cual tenía un rótulo que decía “La casulla que Nuestra Señora dio a San Ildefonso”. Mucho les espantó por parecerles casi imposible que allí cupiese una casulla. Abrieron el cofrecillo con muy gran dificultad, tanto que casi estuvieron desahuciados de poderlo abrir y dentro hallaron un cendal de color de cielo en forma de un capuz portugués, tan grande que pudiera cubrir al hombre más alto que hay en España, sin textura ni costura como una tela de cebolla, tan delicado y sutil que con solo el aliento que respiraban se hinchaba como una vela cuando le da el recio viento. Y volviéndola a doblar como estaba, la recogieron en su cofrecito, juramentándose todos que no habían de decir nada a nadie si no era saliendo veinte leguas de Oviedo, y así lo cumplieron”.
Se escribió y se llegó a asegurar que la casulla, por temor a que la diócesis de Toledo la reclamara, permaneció escondida en la bola grande de la torre de la Catedral, pero tal conjetura se comprobó que no era cierta. También que estaba debajo del Arca Santa, donde tampoco. O detrás del retablo de la capilla de San Ildefonso, destruida en el 34. El caso es que se desconoce dónde se encuentra. Puede incluso que su existencia sea mera cuestión de fe. Tal vez haya que preguntarlo en oración al personaje del lienzo, obra del Greco, que se conserva en el santuario de Nuestra Señora de la Caridad, de Illescas (Toledo), y que tantas y tantas veces contemplé de niño: el San Ildefonso paladín de la causa mariana.»

San Ildefonso, por El Greco (1607)