Juan Mayorga: Constructor de silencios

Juan Mayorga Ruano, dramaturgo, matemático y estudioso del pensamiento de Walter Benjamin, tomó posesión, en la tarde del domingo 19 de mayo de 2019, del sillón que le fue asignado, el 12 de abril de 2018, en la Real Academia Española, rematado por la letra M, en el que se había sentado, desde el 19 de octubre de 1980 hasta el 24 de octubre de 2015, fecha de su fallecimiento, el asturiano Carlos Bousoño Prieto.

En la Casa de las palabras, Juan Mayorga habló del silencio. Esto me trajo a la mente una conversación que mantuve con el teólogo Olegario González de Cardedal, en 2004, año en el que él cumplía setenta, que es la edad de jubilación profesoral según los estatutos de la Universidad Pontificia de Salamanca.

Días antes, la editorial Sígueme había publicado un libro suyo que llevaba por título “Dios”. Al darle la enhorabuena por tal circunstancia, me respondió que escribir ese libro era un deber autoimpuesto, porque, después de casi cuarenta años de consagración a la teología, y a punto ya de franquear el umbral de la puerta de salida de la Universidad, no había acometido una obra dedicada expresamente al argumento principal (“sit venia verbo”) de su quehacer intelectual y sacerdotal: Dios.

De igual modo, Juan Mayorga ha llevado a la Casa de los amigos de las palabras la evocación de aquella sola que confiere valor a todas las demás: silencio. El discurso, colmado de ideas sugerentes y de citas oportunas, fungió de recordatorio y de apelación, no fuera que en la Academia, foresta de vocablos, faltase el oxígeno del silencio, sin el cual no puede existir una real, profunda y fructífera comunicación.

Como autor teatral, Juan ejerce la atávica función de convertir las palabras escritas en palabras proferidas, como los hebreos en el antiguo Israel, que no leían los pasajes bíblicos con la boca cerrada, sino musitándolos. “Meditabor ut columba” (meditaré como paloma), dice la versión latina de Isaías 38,14, porque el lector, a la par que recorría con la vista los oráculos divinos, los susurraba con la cadencia del arrullo de la tórtola. 

Mas para el linaje de los dramaturgos, las palabras escritas solo adquieren pleno sentido cuando son pronunciadas, declamadas y acompasadas por el silencio, que no es mera pausa, sino el excipiente que las engrandece en la específica singularidad de cada una y las ensarta haciéndolas gustosas. Y fértiles: “Las palabras divinas crecen con quien las lee”, sentenció san Gregorio Magno.

“Mi trabajo como dramaturgo ha consistido en poco más que intentos de construir silencios”, dijo Juan Mayorga, el otro día, ante los académicos de la Docta Casa. Y concluí, al reflexionar sobre ello, que esa es también la función que ejerce la liturgia cristiana, en la que el creyente, y a veces también el no creyente, se adentra en una suerte de representación, ritual, ceremonial y sacramental, que lo remite, en sagrado recogimiento, a las voces y los silencios que componen la trama que diariamente se desarrolla en el escenario particular de su propia vida, en la que Dios no es el “deus ex machina” de una tramoya, sino Aquel que por medio de su Palabra inspiradora, nos crea, sostiene, rige, santifica y perfecciona.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 26 de mayo de 2019, pp. 30-31