Dentro del mármol, la obra de arte

«Cuentan que un pequeño, vecino del taller donde trabajaba Miguel Ángel, entró un día en el estudio del escultor y se encontró con un enorme bloque de mármol que acababan de traer. Se marchó sin decir nada. Meses más tarde volvió de nuevo para curiosear por allí, y se encontró, prácticamente terminada, la impresionante escultura de Moisés. Volviéndose al escultor, le preguntó esta vez: ¿Y cómo sabías que dentro del mármol estaba Moisés?

Realmente, aquel bloque contenía la obra de arte que causa tanta admiración y sorpresa. La maestría de Miguel Ángel estuvo, en primer lugar, en saber ver la figura dentro del mármol, en penetrar en el interior de aquella masa amorfa y creer en sus posibilidades, a pesar de la tosquedad externa. Sin esa mirada penetrante del artista, aquel mármol hubiera quedado para siempre falto de gracia y de belleza.

(…)

Con la mirada del artista, Miguel Ángel veía ya en la piedra que tenía delante de sus ojos la imagen-guía que, escondida, esperaba ser liberada y sacada a la luz. La tarea del artista, según él, era la de quitar lo que todavía recubría a la imagen. Miguel Ángel concebía la auténtica acción artística como un volver a sacar a la luz la imagen, un volver a poner en libertad, no como un hacer.

La misma idea, aplicada al ámbito antropológico, se encuentra ya en san Buenaventura, quien explica el camino a través del cual el hombre se hace auténticamente a él mismo, tomando como punto de partida la comparación con el tallista de imágenes, es decir, con el escultor. El escultor propiamente no hace. Su obra consiste en eliminar, en quitar lo que no es auténtico. De esta forma sale a la luz la nobilis forma, es decir, la figura preciosa.

De la misma manera también el hombre, para que resplandezca en él la imagen de Dios, debe, sobre todo y antes de todo, acoger esa purificación, a través de la cual el escultor, es decir, Dios, lo libera de todas las escorias que oscurecen el aspecto auténtico de su ser, haciéndolo aparecer solo como un bloque de piedra en bruto, mientras que, en realidad, inhabita en él la forma divina (cf. Cardenal Joseph Ratzinger, Una compañía siempre responsable, en La belleza de la Iglesia, Encuentro, Madrid 2005, pp. 31-32)»

En Francisco Fernández-Carvajal, Para llegar a puerto: El sentido de la ayuda espiritual, Palabra, Madrid 2011, 5º edición, pp. 39-40

Y esta misma historia de la obra de arte dentro del mármol se dice también de «La Piedad» de Miguel Ángel