Carmen Laforet, ganadora del Premio Nadal 1944, abrió de par en par las puertas de su corazón a Elena Fortún, autora de los cuentos de «Celia», en una carta que le dirigió, a finales de 1951. En ella, Carmen declara a su amiga Elena lo que le está sucediendo: «Dios me ha cogido por los cabellos y me ha sumergido en su misma Esencia». Hay una fecha clave: el domingo 16 de diciembre de 1951. Fue entonces cuando «me di cuenta».
El texto de la misiva se puede leer en Carmen Laforet y Elena Fortún, “De corazón y alma (1947-1952)”, Madrid 2021 (primera reimpresión de la edición de 2017), pp. 119-121, y es éste:
Sin fecha
Queridísima Elena mía:
Te debo esta carta que te escribo hoy. Me ha sucedido algo milagroso, inexpresable, imposible de comprender para quien no lo haya sentido y que sin embargo tengo absolutamente la obligación de contar a los que quiero… Y a todos, a todo el que quiera oírlo.
Sé que no se puede comprender porque yo no lo comprendía. Y no sé por qué a mí, a mí me ha sucedido. ¡A mí!… Ha sido debido a lo que habéis rezado por mí los que me queréis y al gran sufrimiento de alguien… Pero ha sido tan extraordinario, tan maravilloso que nunca sabré encontrar palabras para expresarlo.
Tú sabes, Elena mía, que hace tiempo, hace meses me interesaba por cosas de religión. El Evangelio entraba en mí con su encanto imposible de no ser entendido…, pero nada más. En cuanto quería ahondar un misterio con la inteligencia, el misterio se volvía insoluble. Prefería no entrar demasiado en ello.
El domingo 16, te escribí una carta. Fui a echarla a Correos y luego tenía que hablar de un asunto con una amiga. Fui a buscarla a la iglesia donde ella estaba en aquel momento rezando por mí. No lográbamos entendernos en algunas cosas; pero aquella tarde comprendí sus puntos de vista con gran facilidad. Me despedí, y al volver hacia mi casa, andando, sin saber cómo, Elena, sin que pueda explicártelo nunca, me di cuenta de que mi visión del mundo estaba cambiada totalmente.
Elena…, cuando no se tiene esto puede uno ver un milagro con los ojos del cuerpo y no creer en él; pero cuando uno siente dentro, dentro de uno, el milagro más maravilloso, la transformación radical del ser, el mundo del misterio es solo lo verdadero. Dios me ha cogido por los cabellos y me ha sumergido en su misma Esencia. Ya no es que no haya dificultad para creer, para entender lo inexpresable… Es que no se puede no creer en ello.
Rezo el credo por la calle sin darme cuenta. Cada una de sus palabras son luz. Elena, la Gracia tal como la he recibido es la felicidad más completa que existe. Jamás, jamás se puede sospechar una cosa así. La pobre voluptuosidad humana, Elena, no es nada comparado con esto. Nada… No existe ni una tentación…, solo un temor desesperado de perder esta sensación de Dios que sabes que te ha venido así, que se te ha dado por un misterio, por una elección indescifrable a la que tu mérito es ajeno por completo. Mientras tengas esto estás salvada… perderlo debe ser el mayor horror. Toda mi vida tiende a conservarlo. Todos los sufrimientos, todo lo que pueda sucederme no es nada si tengo esto, Elena mía. No es nada…
No se puede comprender. No se puede imaginar nunca lo que esto es… La Virgen y los santos y los dogmas todos de la Iglesia se acercan a uno, están dentro de uno. No puedo desear otra cosa en la vida que el que los que yo quiero tengan esta sensación infinita…, y todos, todos los hombres, Elena. ¡Si la pudieran tener!
Pero no se sabe por qué este milagro inexpresable viene y nos penetra y por qué precisamente algunos son elegidos. Sé, querida de mi alma, que hay personas piadosas y buenas y temerosas de Dios que jamás han sentido esto.
Es una llamada, una hoguera, un deslumbramiento, una claridad de maravilla. Es como si abrieran dentro de nosotros las puertas de la Eternidad.
Nunca lo podré decir, pero lo tengo que decir. Es VERDAD, todo es verdad, todo es verdad. La verdad me ha traspasado, me ha cambiado en una hora, en unos minutos de mi vida. Es verdad, Elena… ¡Y esa verdad ha venido a mí!
Estoy en las manos de Dios. Nada le puedo pedir; nada más que no me abandone otra vez, y sí, que dé su Gracia a todos, que dé su Gracia…, otra cosa no sé decir ni pedir.
Naturalmente he confesado y comulgado. Mi literatura ya no me importa. Sé que tengo que hacerla. Que tendré que trabajar más que nunca, pero mi nombre ya no me importa. Quiero a mi marido, a mis hijas con un amor nuevo y maravilloso, y a todos los hombres solo porque pueden ser salvados.
No estoy trastornada en absoluto, ni nerviosa, ni deprimida, solo maravillada, arrodillada delante de Dios, asombrada de que me haya dado esto. Temblando de no saber conservarlo.
Amiga mía querida, Elena mía querida… Seguiría escribiéndote así con infinitas repeticiones lo que sé que no se puede escribir ni explicar ni mucho menos entender si Dios no quiere que se entienda.
¿Por qué Él me ha escogido?… Una hora antes ni lo sospechaba. Todo lo que creía entender…, ¡qué absolutamente velado estaba para mí, hasta que Dios quiso, hasta el momento fijado desde toda la Eternidad en que Dios quiso!
Ahora sé que en Sus Manos soy algo… no sé qué. Él me dirá.
Querida mía. Escríbeme si puedes. Rezaré mucho por ti ahora que puedo hacerlo. Te quiero mucho.
Estoy embobada en esta maravilla que me pasa.
Te abrazo una y mil veces.
Tu
Carmen
P.S. Esta carta ha rodado muchos días por mi escritorio… San Nicolás legó… Yo creo que por sugestión tuya; y causó una alegría enorme.
Mi vida ha cambiado mucho. Ha tomado un sentido magnífico. Ahora sé lo que tengo que hacer. Sé también que muchas veces me parecerá duro, pero que en el fondo esa alegría de haber sentido esta llamada de Dios me sostiene…
Elena mía, ¡mil y mil gracias por todo!

Carmen Laforet y Elena Fortún