Doctor antiguo y nuevo

En el Octavario de Oración por la Unidad de los Cristianos, del 18 al 25 de enero, el Papa Francisco firmó, con fecha 21 de este mes, el Decreto por el que declaró Doctor de la Iglesia, con el título de “Doctor unitatis”, a san Ireneo de Lyon, al que describió como «puente espiritual y teológico entre cristianos orientales y occidentales».

Lo raro es que no fuera ya Doctor de la Iglesia. Y no sería porque no se lo hubiese reconocido como tal, pues, en Lyon, por ejemplo, se lo tiene, desde antiguo, por «doctor eximius, maximus, praeclarus» y fue precisamente el arzobispo de aquella sede, el cardenal Philippe Barbarin, quien dio los primeros pasos, por medio de una carta, dirigida, el 28 de junio de 2017, al Papa, para que se iniciase el proceso que acaba de concluir.

«Desde hace mucho tiempo, albergo el deseo de que esta gran figura de la Iglesia, considerado como el padre de los Padres de la Iglesia tanto de Oriente como de Occidente, sea proclamado de modo particular ‘Doctor de la unidad’», le confesaba a Francisco, en aquel escrito, el cardenal Barbarin.

No se sabe con certeza ni en dónde ni el año en el que nació Ireneo. Se dice que fue, entre el 130 y el 140, en Esmirna, ciudad sita en la actual Turquía, o en alguna localidad próxima. Se sentó, como discípulo, a los pies de san Policarpo, obispo y mártir, y de él recibió la tradición apostólica que se remontaba al apóstol y evangelista san Juan y, a través de éste, a Jesucristo mismo.

Tampoco se sabe el porqué de su estancia en Lyon. Parece que había allí muchos emigrantes procedentes de Asia Menor y tal vez se halle en esta circunstancia la razón por la cual se desplazó de Esmirna a la Galia Lugdunense. Lo que sí se da por seguro es el hecho de que, en la década de los setenta, formaba parte del presbiterio de Lyon, presidido por el anciano obispo Potino.

En el año 177 fue elegido para que llevase al Papa Eleuterio unas cartas que referían la grave situación en la que se hallaba la iglesia de Lyon, expuesta a padecer, por una parte, la persecución que, bajo el emperador Marco Aurelio, se desató contra los cristianos y la infiltración en la comunidad, por otra, de los seguidores del heresiarca Montano.

La persecución alcanzó su máxima virulencia cuando estaba Ireneo en Roma, librándose así del martirio, con el que fueron coronados casi cincuenta cristianos, entre ellos el nonagenario obispo Potino, que murió a causa de los malos tratos que le infligieron en la cárcel. Ireneo fue designado sucesor suyo y, por tanto, obispo de Lyon.

En el año 190 se suscitó una cuestión que ya se había planteado hacía décadas acerca de la fecha de la celebración de la Pascua. Las comunidades de Asia Menor sostenían que debía ser, como en el judaísmo, el 14 del mes de Nisán; en Occidente, el domingo siguiente a ese día. El Papa Víctor era de este segundo parecer y estaba dispuesto a excomulgar a todas las comunidades de Asía si persistían en su posición.

Muchos obispos, entre ellos Ireneo de Lyon, escribieron al Papa rogándole que velase por la paz, la unidad y la caridad, y lograron, en efecto, que no se consumase un cisma en la Iglesia. Esta y otras acciones pastorales del santo obispo de Lyon le valieron el siguiente elogio del historiador Eusebio de Cesarea: «Haciendo honor a su nombre, pacificador por el nombre y por su mismo carácter, hacía estas y parecidas exhortaciones y servía de embajador en favor de la paz de las iglesias».

Ireneo fue autor de varios escritos, aunque las obras más importantes de su producción teológica son estas dos, sobre todo la primera: “Adversus haereses” y “Demonstratio apostolicae praedicationis”. Debió de escribir “Adversus haereses” después del año 180 para satisfacer el deseo de un amigo, tal vez un obispo, que le había pedido información acerca de los errores heréticos, que Ireneo conocía muy bien.

El título original en griego era “Desenmascaramiento y refutación de la falsa gnosis”, pero el texto primitivo se perdió. No obstante, la traducción latina que se utiliza es antigua y literal. “Adversus haereses” es, desde el punto de vista teológico, una obra fundamental, en la que el autor no sólo pone en evidencia las contradicciones del gnosticismo, sino que establece cuáles son los principios básicos de la doctrina católica, para, desde ella, enjuiciar las heréticas.

Se ha fijado el año de la muerte de Ireneo en el año 202, aunque no parece que haya sido mártir, si bien san Jerónimo, en el siglo IV, y san Gregorio de Tours, en el VI, sostuviesen que lo fue. En este caso, tendría que haber sido durante la persecución desencadenada entre los años 202-203, siendo emperador Septimio Severo.

Y del sólido magisterio de Ireneo, “Doctor de la unidad”, ha quedado prendida, en el ánimo de todos, una hermosa frase que él escribió en “Adversus haereses” y que muestra el optimismo antropológico del que esta gran figura de la Iglesia hizo gala durante toda su vida: “El hombre vivo es la gloria de Dios y la gloria del hombre es la visión De Dios”.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 30 de enero de 2022, p. 23