El asturiano Salvador Gutiérrez Ordóñez, miembro de la Real Academia Española, declaró, en una entrevista publicada por La Nueva España, que los profesores de Religión han de intervenir de forma activa, junto a los de Lengua, Historia y Ciencias, en la corrección lingüística de los alumnos con el fin de que éstos se expresen de forma adecuada.
Se comprende que el académico diga eso, ya que los vocablos de naturaleza religiosa gozan, en el Diccionario de la RAE, de amplísimo espacio, y la Biblia, al igual que el argot eclesiástico, ha enriquecido el patrimonio gnómico español con numerosos dichos y refranes.
Otra cosa diferente es que no se usen bien. Es más, las piquiponadas encuentran, en las frases hechas de la tradición religiosa, los mejores materiales para la confección de sus tergiversaciones. Y confiemos, dicho sea de pasada, en que algún día se haga realidad el sueño de ver exiliadas, al fin, inexactitudes como las de que «el cura ‘dio’ misa» o «el obispo ‘ofició’ la homilía».
De modo que, volviendo al argumento que nos ocupa, Salvador Gutiérrez Ordóñez lleva razón en lo de que la clase de Religión puede aportar mucho en la formación lingüística, retórica y literaria de los estudiantes, y entiendo que se refiere a la católica, dado que, en el sistema educativo español, es la predominante en las aulas. Porque, ya para empezar, es religión que se funda y sostiene en la Palabra. Llama «Verbo» a la segunda persona divina de la Santísima Trinidad.
Así da comienzo la Biblia: en el principio, en el inimaginable silencio anterior a la Creación, fue dicho un imperativo: «jehî ´or», «sea la luz». Y la luz fue. Es en esta acción primordial sobre la que el evangelista Juan funda su inspirada obra: «En el principio era el Logos». No el de los estoicos o el de Filón de Alejandría, sino el de los poetas, los profetas y los sabios del antiguo Israel; el de los evangelistas y los apóstoles de la Iglesia primitiva.
De éstos, y de su mundo, se habla en las clases de Religión católica. De una cartografía que, además de política, es lingüística: la de los hablantes en sumerio, hitita, asirio, babilonio, persa, egipcio antiguo y sus descendientes, demótico y copto; hebreo, arameo, griego, latín, árabe, fenicio y etiópico.
Y se aprende a distinguir, como un ejercicio intelectual utilísimo, un género literario de otro: apocalipsis, bienaventuranzas, trenos, diatribas, elegías, fábulas, himnos, parábolas, sagas, parénesis, apotegmas, doxologías, credos y epitalamios, así como los ambientes vitales en los que surgen y las estructuras, los procedimientos y las fórmulas que sirven para articularlos.
En cuanto a los géneros de composiciones literarias para ser cantadas, también se aprende, en clase de Religión, a reconocer un villancico, un miserere, un réquiem, un introito, una antífona, un gradual, una saeta, un kirie, un agnusdéi, un aleluya, un tedeum, un motete, una cantata, un oratorio, un espiritual, una secuencia, una letanía y una copla a lo divino.
Resulta imposible citar aquí todos los escritores hispanohablantes que, con sus textos de inspiración cristiana, han forjado y engrandecido nuestro idioma y cuya lectura ha de ser promovida en las clases de Religión. Y se ha de comenzar por la oración que Dámaso Alonso calificó de «primer vagido de la lengua española»: la que figura en las “Glosas emilianenses”, a saber, «Con o aiutorio de nuestro dueno dueno Christo, dueno salbatore, qual dueno get ena honore e qual duenno tienet ela mandatione con o patre con o spiritu sancto en os sieculos de lo sieculos. Facanos Deus Omnipotes tal serbicio fere ke denante ela sua face gaudioso segamus. Amen».
Así que, para adquirir habilidades literarias y oratorias, la clase de Religión es de lo más práctico que puede hallarse en el bosque de las ofertas académicas. A todo lo anterior habría que añadir el que, si son de los que asisten habitualmente a la iglesia, los estudiantes sabrán que una homilía no es una catequesis, ni una amonestación es una monición.
Y téngase en cuenta, por último, que, hasta la fecha, el único libro editado en España dedicado a la formación del estilo fue escrito por un religioso madrileño: Luis Alonso Schökel, jesuita y biblista. La obra ha sido reeditada varias veces, dada su condición de, por ahora, no remplazada, y, para aprender a expresarse bellamente en español, además de adquirir gustosos conocimientos sobre la Biblia, ahí están, como muestra de la correcta aplicación de las reglas de su manual de estilo, sus traducciones bíblicas y sus libros y artículos de exégesis y teología.
Jorge Juan Fernández Sangrador
La Nueva España, domingo 21 de noviembre de 2021, p. 29

Glosa emilianense

Glosa emilianense
Declaraciones de Salvador Gutiérrez Ordoñez, académico de la RAE, a La Nueva España (14 de noviembre de 2021)

Luis Alonso Schökel

