Un minuto de radio

Ha sido abierta, en la vallisoletana iglesia de San Pablo, la causa de beatificación del padre dominico José Luis Gago del Val (1934-2012), destacada figura en el proceso de constitución y primer desarrollo de la actual COPE, que ha creado, como reconocimiento a la labor realizada por este gran comunicador en la emisora radiofónica, el Premio “José Luis Gago”. Va por la quinta edición.

Era palentino. Y aunque aprendió las primeras letras con los Hermanos de la Salle en su ciudad natal, inició la andadura dominicana, como estudiante, en el monasterio asturiano de Corias, en el que pudo, además, cultivar, gracias a los maestros y a las circunstancias allí existentes, sus sobresalientes dotes musicales.

Hizo la profesión solemne en 1955 y fue ordenado sacerdote en 1958. Hasta entonces anduvo de formando por Palencia, Cantabria y Salamanca; luego, por Roma; finalmente, por Pamplona, obteniendo la licenciatura en Periodismo por la Universidad de Navarra. Era el año 1969. 

Y mientras desempeñaba múltiples oficios y tareas por designación de sus superiores, iba adentrándose en el mundo de la radio por medio de pequeños programas que realizaba en radios locales, para así cumplir, también de ese modo, su vocación de hijo de santo Domingo de Guzmán en la Orden de Predicadores.

Fue el artífice de la fusión de las decenas de emisoras de diócesis y de congregaciones religiosas, que conformaron, unidas, la Cadena de Ondas Populares Españolas (COPE), en la que el padre Gago trabajó denodadamente para que no se diluyese el ideario católico en aras de intereses espurios. Llegó a ser jefe de programas y director general de la Cadena.

De sus comparecencias en la radio recordaremos siempre las breves y enjundiosas reflexiones a la hora del Ángelus. Están recogidas en dos libros que se titulan “Miniaturas” y “Nuevas miniaturas”. «Pequeños recordatorios de que la vida es hermosa en la convivencia respetuosa y cordial; que más allá de los afanes cotidianos, y entre ellos, hay un Dios asomado a los caminos de los hombres», escribió en el prólogo del primero.

Son, en total, quinientos veinticinco pensamientos, de unas diez líneas cada uno, que se leen en menos de un minuto. Durante algún tiempo traté de hacerlo yo también, un día a la semana, en “El espejo”, un programa de la COPE por el que el padre Gago recibió nuevamente, en 1987, el Premio “Ondas”, pues ya se lo habían otorgado en 1968 por el Festival de Villancicos.

Es tarea ardua la de intentar plasmar un pensamiento incisivo en diez líneas, porque se requiere imaginación, oportunidad, síntesis y dicción. Y tener algo que comunicar a los demás, que dé un poco de sentido a sus vidas y cumpla el clásico propósito de instruir deleitosamente («delectare pariterque monere»). Lo mío duró dos años y se volatilizó. Lo de él, en cambio, después de treinta años, resuena aún en los corazones.

Y éste fue el primer conjunto de sentencias que, como un hermoso tapiz, el padre Gago regaló a los radioyentes cuando comenzó a dirigirse a ellos durante la oración del mediodía: «Deja que la palabra salga bruñida y limpia de tu boca. Que tu mente la engendre entretejida de verdad. Que el corazón la aliente con el amor más ancho y brote de tu paladar con el perfil inconfundible de lo auténtico. Que el tono de tu voz sea templado y cálido. Que todo lo que digas sea terso y amable, sin esquirlas o aristas que rocen la piel de tu hermano. Así, toda palabra que salga de tu boca será lejana imagen, -pero imagen, al fin- de la Palabra eterna que se hizo carne nuestra». 

Sírvanle como recordatorio al lector de esta columna periodística, para que, si, a impulsos de un ardor incontenible, ha de decirle algo serio a alguien, no lo haga airado, displicente y aniquilador, sino con la delicadeza y la mesura que encareció aquel que, tras haber sido un profeta en las ondas, va camino ahora de los altares.

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 3 de octubre de 2021, p. 39