La religiosidad de Leonardo

Agnese Sabato, directora de la Asociación “Leonardo da Vinci Heritage”, y Alessandro Vezzosi, director del “Museo Ideale Leonardo da Vinci”, han publicado, en la revista “Human Evolution”, los resultados de las investigaciones realizadas, junto a especialistas en descifre del ADN, con el fin de establecer la línea de descendientes de la familia de Leonardo da Vinci (1452-1519).

Hay 14 actualmente vivos. Y Jesse H. Ausubel, director del programa “Human Environment” en la Universidad “Rockefeller” y presidente de la Fundación “Richard Lounsbery”, que ha cofinanciado el proyecto, augura importantes progresos antes de que termine 2022.

Mientras que José Antonio Lorente Acosta, catedrático en el departamento de Medicina Legal, Toxicología y Antropología Física de la Universidad de Granada, también miembro del equipo de investigadores, ha adelantado la noticia de que se comparará el ADN de los familiares de Leonardo con el de los restos mortales sepultados en la tumba francesa del polímata y que se desarrollarán tecnologías que, por el microbioma, permitirán autentificar sus obras artísticas.

Los acontecimientos de la historia personal, los inventos, los bocetos, las ideas, la sexualidad de Leonardo y todo lo que tenga que ver con su multifacética figura han suscitado enorme curiosidad. Y también su modo de entender la religión o de practicarla. Sin embargo, es una empresa, ésta de la composición de su perfil histórico, intelectual y espiritual, destinada a no alcanzar el éxito pleno que se desea.

Porque el hombre aclamado como artista, científico, matemático, anatomista, lexicógrafo, gramático, poeta, músico, lector habitual de códices medievales con unos textos escritos en un latín dificilísimo, era, como se definió a sí mismo, «omo sanza lettere». Para saber lo que venía en documentos de esa índole precisaba de ayuda. No tenía estudios ni de lenguas ni de letras.

No parece, además, que hubiera sido aficionado a escribir antes de los treinta años. Lo fue, en cambio, después de cumplir los treinta y cinco, pero no para mantener abiertos unos diarios a los que confiar su biografía, sino cuadernos en los que iba anotando aforismos, pensamientos y observaciones muy prácticas, que eran el resultado de las lecturas que, a partir de esa edad, emprendió con avidez, pensando tal vez en componer más adelante tratados acerca de las materias por las que tanto se interesaba, como el de la Pintura.

Giorgio Vasari (1511-1574), en la semblanza que hizo de Leonardo en “Las vidas de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores italianos desde Cimabue a nuestros tiempos””, dijo de él que era voluble e inestable: «Se ponía a estudiar muchas cosas, y una vez que las había empezado, las abandonaba». Esto lo repite en varias ocasiones. Lo suyo era el diseño, «dibujar y hacer relieves, actividades que nutrían su fantasía más que cualquier cosa». Es por ello por lo que su tío Piero da Vinci, que cuidaba de él, lo envió al taller de Andrea del Verrocchio (1435-1488), para que éste lo instruyese.

«A pesar de su dominio del arte, empezaba muchas obras y no acababa ninguna», insiste Vasari, para quien Leonardo poseía en grado superlativo todos los dones: belleza, destreza, fuerza, gracia y valor. «Admirable y celestial», pero inconstante. Las vicisitudes, por otra parte, que padecieron los manuscritos autógrafos de Leonardo dificultan aún más la sistematización del contenido de los documentos que se han conservado hasta el presente y que ahora están en vías de digitalización.

Es también Vasari quien ha referido cómo fueron los últimos instantes de la vida de aquel que «llegó a tener unas concepciones tan heréticas que no se aproximaba a ninguna religión, pues tenía en mucha más estima el ser filósofo que cristiano». Sin embargo, habiéndole llegado la hora de la muerte, «volvió al buen camino y se convirtió a la fe cristiana en medio de gran llanto. Se confesó y se arrepintió, si bien no podía mantenerse en pie; sostenido por los brazos de sus amigos y criados, quiso tomar el santísimo sacramento fuera del lecho».

Los indagadores de los principios filosóficos de Leonardo estiman que su fuente de inspiración se halla en el pensamiento del sacerdote Marsilio Ficino (1433-1499), del que asumió las nociones relativas al movimiento interno de la obra de arte, su energía interior y su vivacidad, el concepto “sustancia”, y, sobre todo, la idea de que es el Primer Motor quien inviste a la materia de su fuerza incorpórea, siendo también Sumo Maestro y Autor. Es decir, Dios. A quien Leonardo se dirigió con esta oración que aparece en uno de sus escritos: «Te obedezco a ti, Señor; primero, por el amor que, según razón, te debo; y, segundo, porque tú puedes acortar o prolongar la vida de los hombres».

Jorge Juan Fernández Sangrador

La Nueva España, domingo 29 de agosto de 2021, pp. 34-35

«Muerte de Leonardo da Vinci» (François-Guillaume Ménageot)